Que no se note que eres madre

¿Se imaginan si en nuestro CV incluyéramos que somos madres? ¿Apoco no quienes lo son han adquirido habilidades vitales? ¿Apoco no es un aspecto de su vida importante a considerar dentro de lo laboral? ¿Se imaginan si las licencias de maternidad contemplaran todo el proceso físico y psíquico por el que pasamos las mujeres y esto se viera reflejado en el tiempo que nos brindan? ¿Se imaginan cómo se sentiría no tener miedo de decirle a tu jefe que quieres quedarte en casa a cuidar de tu hijo(a) cuando se enferma? ¿Te imaginas poder pedirle a tus amigas activistas que las reuniones, marchas, etcétera, queden en una hora que te permita asistir o en un lugar donde puedas llevar a tus hijos(as)? ¿Te imaginas que tu jefe no se enoje y luego se desquite porque pides ayuda a una compañera de cuidar a tu hijo mientras entras a una reunión importante?

Sería maravilloso y la muestra de que la maternidad es realmente valorada, pero no. Vivimos en una sociedad profundamente antimaternal. Sí. Por un lado los grupos más conservadores nos bombardean con el mensaje de que tenemos que tener descendencia, que si no ¿pa qué vinimos como mujeres? ¡hay que “realizarse”, pues!, pero una vez que nace la criatura, te dejan sola y por supuesto, exigen entre dientes que maternes sin ocupar mucho espacio, sin hacer ruido, sin estar pidiendo ayuda, sin que se te note. Esto no te lo piden explícitamente los grupos de resistencia, pero tampoco te facilitan nada la mayoría de las “aliadas”, porque claro, fue tu decisión consciente y tú asumes las consecuencias. Pero ¿les digo algo? sin haber experimentado en carne propia lo que es gestar y parir, jamás quienes aconsejan o minimizan estos sentimientos tendrán idea de cómo se viven en el día a día en algunas de nosotras.

Nos engañaron, de verdad nos engañaron. Pasar el día a día dentro de una oficina mientras a tu hijo(a) lo cuida alguien más no es sinónimo de libertad. Para mí es sinónimo de frustración, de nostalgia por todos aquellos sucesos que me pierdo y me cuenta alguien más; de preocupación porque no sé qué pueda pasar mientras la cuidadora de mi hijo sale con él a la calle un momento o se distrae sin querer; de incomodidad por esos días en que mis senos chorrean y duelen y no puedo amamantar sino sacarme la leche con un artefacto que me lastima, en un espacio incómodo; de angustia porque mi pareja me avisa de repente que el crío ya no puede más, que llora y me extraña, porque claro, una eres su figura de apego, quien da al bebé seguridad y calma más que cualquier otra persona.

Laia Cassadevall, en Cuidar en una sociedad patriarcal, con valentía lo dice claro y fuerte: “(…) me niego a que el capitalismo feroz y las amenazas de perder el estatus social y laboral puedan decidir por nosotras. Me niego a delegar el cuidado de mis hijos para poder volver al sistema capitalista y de producción (…) Yo gesto, yo paro, yo amamanto yo crio. No voy a ceder lo que me pertenece bajo ninguna amenaza o coacción del sistema”.

Yo cedí. Tuve que hacerlo porque es presencia 24/7 o comida, pañales, renta, servicios… El día de hoy, por un clima terriblemente frío, con lluvia, en mi empleo (dependencia de Gobierno) se dio la orden oficial de que las madres podríamos cuidar a nuestros hijos e hijas en casa y faltar al trabajo. Yo supuse que el comunicado me incluía a mí, aun así consulté a mis superiores inmediatos y me ofrecí a trabajar desde casa si era necesario. La respuesta fue que yo no aplicaba, porque mi hijo no está inscrito en una escuela ni guardería pública ni privada. WTF! ¿O sea que las madres cuyos hijos(as) no son institucionalizados(as) no tienen derecho a cuidar ni estos(as) niños(as) a recibir cuidados de sus madres, en sus casas? ¿Pensarán que los niños(as) de estás madres se pueden quedar solos en casa o que es diferente el frío al que se expone quien se traslada a una escuela que al que se expone quien se traslada a otra casa?

No, nada de esto pasa por sus mentes. Lo único que pasa por las mentes de estos “superiores” es “No me importa cómo te las ingenias, ni la salud de tu hijo, ni tu necesidad de cuidar. Te niego el acceso a cuidar porque quiero, porque puedo y sobre todo porque yo no tengo que asumir dichos cuidados en tu lugar”. No importa si eres un elemento eficiente, importa lo que sus caprichos o egos dicten. El clásico ejercicio de dominación por puro gusto o porque en algunos casos, una “se pone rebelde” y evidencia sus “practiquillas”, verdaderos privilegios y abuso de poder.

Al llegar a la oficina ya tenía la palabra retardo subrayada con marcador verde. Claro, llegué  tarde por esperar a saber si podía faltar también, como todas las madres, pero eso no importó, llegué tarde y ya. Confirmé que yo tenía permiso de cuidar como todas las demás madres, pero me quedé en la oficina. El administrativo que junto a mi director de área me negó el permiso fue consultado por teléfono acerca de si me había negado el permiso, lo admitió sin inmutarse. Claro, quienes se saben con poder no temen ejercer violencia institucional contra las mujeres porque se saben impunes. Yo notifiqué el asunto a mi director general. No recibí respuesta. Y aquí estoy, pensando en cómo estará mi hijo, deseando haberme ido a costa de lo que fuera porque no estaba pidiendo un favor personal; temiendo represalias por acusar a “mis superiores”. No sé cuántas mujeres como yo cedan, pero cómo quisiera escuchar sus voces y hacer juntas algo al respecto.

Ojalá algún día, como dice Laia, ganemos nosotros(as), no el patriarcado. Que “(…) poco a poco seamos más las que reivindiquemos nuestro lugar, nuestros procesos y nuestras necesidades para que cuidar deje de ser un privilegio de algunas y se convierta en una realidad para todas [las que así lo deseamos*]”.

*Los corchetes son míos

Aquí pueden hallar el texto de Laia http://www.laiacasadevall.com/2018/11/12/cuidar-en-una-sociedad-patriarcal/?fbclid=IwAR1QsKpLXGvU_IKCA-vOwd0HNNqC1GFI4hSN8q9q1MIEMC2qRX4x42mSZnc

Ilustración: emezetaeme.

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